Mas que atomos

jueves, 29 de octubre de 2009

Dos jóvenes hermanos se involucraron en una competencia continua por la superioridad. Allan de nueve años, explicaba a Roberto, de cuatro, la ciencia de la materia viva, muy complacido de su ventaja por estar en tercer grado.

Pronto, se desató una algarabía, con gritos de ¡Yo no! y ¡Tú también!, que se escuchaban por toda la casa. Roberto corrió llorando al encuentro con su madre.

-Mami... ¿está todo formado por átomos?
_Sí, así es.
-Entonces -dijo-, ¡estoy hecho de átomos!
-Él tienen razón, cariño. Todo en el mundo está compuesto por átomos.

Rob se tiró al piso, sollozando como si se hubiera roto el corazón. Su intrigada mamá lo tomó en brazos y lo estrechó fuertemente.

-A ver, ¿qué está pasando?
- ¡No es justo! -chilló-. No quiero estar hecho de Allans. Quiero estar hecho de Robertos.

Todos queremos reconocimiento a nuestra exclusividad. Sin embargo, nuestro valor propio no debe depender del lugar que ocupemos en la sociedad, de la opinión de otros hacia nosotros o de nuestras propias comparaciones con los demás. Nuestra autoestima debe cimentarse en el hecho de que Dios nos creó con extremo cuidado y nos ha llamado Su buena creación.

En su omnisciencia, todos estamos hechos de las sustancias correctas. Nuestro valor propio viene entonces de cómo las utilizamos, en el servicio a nuestras familias y comunidades, ejercitando los dones creativos y estando en unidad con Dios. Ni la categoría más alta a los ojos de los hombres, puede igualar la recompensa por obedecer la voluntad de Dios. Es así como nos elevamos a mucho más que una simple colección de átomos.

Gálatas 6:4
Pero que cada uno examine su propia obra, y entonces tendrá motivo para gloriarse solamente con respecto a sí mismo, y no con respecto a otro.


El ruego de un adolescente

lunes, 26 de octubre de 2009

Cuando te pido que me escuches y comienzas a darme consejos, no has entendido lo que te pedí.

Cuando te pido que me escuches y comienzas a decirme por qué no debo sentirme de tal manera, pisoteas mis sentimientos.

Cuando te pido que me escuches y sientes que debes hacer algo para resolver mi problema, me has fallado, aunque te suene raro.

¡Escucha!

Lo único que te pedí fue que me escuches. y no hables o hagas algo, solo escúchame.

Yo sé valerme por mí mismo. No soy un inútil. Cuando haces algo por mí, que yo mismo puedo y debo hacer, contribuyes a mis sentimientos de temor e insuficiencia. Pero, cuando aceptas como un simple hecho lo que yo siento, sin importar cuán irracional parezca, entonces puedo cesar de intentar convencerte y dedicarme a comprender lo que hay detrás de tales sentimientos irracionales.

Y cuando esté claro, las respuestas son obvias.

Quizás esta es la razón por la que es tan eficaz la oración; porque Dios escucha en silencio.

Eclesiastés 3:1,7
Todo tiene su tiempo...
tiempo de callar y tiempo de hablar.


Una Mujer Pequeña Con Una Fe Grande

jueves, 22 de octubre de 2009

Dick Hillis y su esposa Margaret se vieron atrapados en China durante la invasión japonesa de la Segunda Guerra Mundial. El matrimonio vivía con sus dos hijos pequeños en el pueblo de Shenkiu.

En el pueblo reinaba la tensión, porque todos los días llegaban informes del avance japonés. En el momento menos oportuno, Dick tuvo un ataque de apendicitis. Sabía que su vida dependía de que emprendiera un largo viaje al hospital. El 15 de enero de 1941, con un mal presentimiento, Margaret lo vio partir.

Al poco tiempo, llegó el coronel chino con noticias; el enemigo estaba cerca y se aconsejaba a los habitantes del pueblo evacuarlo. Margaret tembló al oírlo, porque sabía que Johnny -de año y medio- y Margaret Anne -de dos meses- no sobrevivirían como refugiados. Así pues, decidió quedarse. Por la mañana temprano, arrancó la hoja del día anterior en el calendario de pared, y leyó el versículo bíblico para ese día. Era Salmo 56:3 En el día que temo, yo en Ti confío.

El pueblo quedó vacío durante el día. A la mañana siguiente, Margaret se levantó sintiéndose abandonada. El versículo del calendario para ese día era Salmo 9:10 En Ti confiarán los que conocen Tu nombre, por cuanto Tú, oh Señor, no desamparaste a los que te buscaron.

A la mañana siguiente se levantó preocupada. No sabía que daría de comer a sus hijos. En la distancia se oían disparos. El versículo del calendario era Génesis 50:21 Yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. De improviso, apareció una anciana con un caldero de humeante leche de cabra, y otra persona llegó con una canasta de huevos.

Durante el día empezó a intensificarse el fragor de la guerra. Y por la noche, Margaret rogó por liberación. A la mañana siguiente, al arrancar del calendario la hoja correspondiente al día anterior, vio que la nueva tenía Salmo 56:9 Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare.

La batalla se cernía cada vez más cerca. Margaret no se acostó aquella noche. La invasión parecía inminente. Pero a la mañana siguiente reinaba el silencio. De pronto, los habitantes de la aldea empezaron a volver a sus casas, y el coronel tocó a la puerta. Le informó que, por motivos desconocidos, los japoneses habían retirado sus tropas. Nadie podía comprenderlo, pero el peligro había pasado. Estaban a salvo.

Margaret volvió la vista hacia el calendario de la pared, y comprendió que había estado leyendo mensajes de puño y letra de Dios. Él había estado con ellos todos los días. La fe de Margaret en el Señor pudo más que su temor al enemigo. Y Dios no la defraudó.

Si lo pensamos bien, ¿qué es una casualidad? ¿podría ser obra de Dios? La fe, desde luego, diría que sí.

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